Elecciones en Estados Unidos | Ruth Bader Ginsburg, la disidencia a la opresión

Paula Siegel y Mariana Vazquez reflexionan sobre el debate abierto sobre el legado y posibilidad de reemplazo de la jueza de la Suprema Corte de EEUU, Ruth Bader Ginsburg, en la particular coyuntura política norteamericana.

La sucesión de Ruth B. Ginsburg

Por Mariana Vazquez

El fallecimiento, hace unos días, de Ruth Bader Ginsburg (RBG), fue noticia en el mundo entero. Desde el Observatorio del Sur Global no podíamos dejar de dedicarle un espacio.

Ríos de tinta se han escrito, y se seguirán escribiendo al menos hasta las próximas elecciones en EEUU, sobre el impacto político e institucional de esta partida. Si Donald Trump nominara (ha dicho que lo hará en estos días) a su candidata (también ha dicho que será mujer), la Suprema Corte de EEUU tendrá una súper mayoría conservadora. Esta situación ha calentado la campaña, sobre todo considerando que aún está fresca una situación similar en 2016, en vísperas de la elección presidencial, en la cual un senado mayoritariamente republicano bloqueó la designación de un juez por parte de Barack Obama, esperando el resultado electoral.

Esta definición tendrá consecuencias de peso. Eventualmente, en caso de una nueva mayoría conservadora que podría durar décadas, se avizora un escenario de pérdida de derechos en el nivel federal y de una corte que estará sesgada a la hora de fallar sobre cuestiones centrales para toda democracia, como en el caso de una controversia sobre el resultado electoral.

Los equilibrios que tanto Trump como Biden deben manejar a la hora de intentar que este tema incline la elección a su favor son delgados. También será clave, lo es siempre en política, el factor tiempo (¿cuándo votará el Senado? ¿antes de la elección? ¿entre la elección y la asunción del nuevo presidente?). Esta caja de sorpresas que es toda elección estadounidense sin dudas, en el tiempo que queda hasta la elección, nos deparará más sorpresas.

Sin embargo, queremos dar aquí un retrato de la jurista defensora de derechos y de la activista que, también y sobre todo, RBG fue, dejando su vacancia un vacío central a la hora de considerar el futuro de los derechos y las libertades en EEUU.

Este caso, que trasciende en lo concreto y en lo universal las fronteras del país en el que se da, también nos muestra cuánto, más allá de una falsamente planteada neutralidad, la institucionalidad del Estado es también un espacio de disputa. No da igual quiénes ocupen los cargos y cómo se seleccionen. La Argentina de la última década lo ha experimentado a través de situaciones lamentables, protagonizadas por el poder judicial, cuya democratización es un imperativo.

Ruth Bader Ginsburg, la disidencia a la opresión

Por Paula Sagel*

Es viernes a la noche y me llegan muchos mensajes juntos. En grupos de amigas, en grupos de colegas, en grupos de feministas. Suenan las alertas, veo siempre las mismas siglas en todos los chats: RBG. Anuncian lo que ninguna hubiera preferido leer, que luego de tres duras batallas contra el cáncer, Ruth Bader Ginsburg, la legendaria jueza de la Corte Suprema de los Estados Unidos, ha fallecido.

En redes, casi apurados y sin mencionar casi nada sobre la vida de RBG, ya leo a muchos tradicionales columnistas empezar a hacer elucubraciones sobre el futuro institucional de la Corte por su vacancia, las implicancias en las elecciones presidenciales, las cartas a jugar. En su lugar, prefiero resguardarme en los tweets de amigas y colegas expresando dolor por su partida, sin apurar los sentimientos y dándole lugar al homenaje y al reconocimiento. Ya habrá tiempo para el resto.

Sigo reflexionando y no sé muy bien por qué pero la noticia de su partida me llena de congoja. El sentimiento me incomoda, me pregunto por qué habría de importarme la muerte de una jueza de otro país que no es el mío, que no decidió nada sobre cuestiones que tienen que ver con mi vida. No soy ni gran conocedora de todos los detalles de su carrera, no vi el documental que habla de su vida personal ni soy gran seguidora, en general, de los fallos de la Corte Suprema de EEUU. Me siento una mala feminista. Pero así como me dolió la muerte de Carmen Argibay, también me duele esta partida. Perdimos, a partir de hoy, a una gran compañera.

No conoceré todos los detalles de su vida, pero sí sé que Ruth Bader Ginsburg construyó una carrera en el mundo de las leyes a la que muchas aspiramos y peleó por darle un sentido a la Constitución con el que me siento identificada. Si algo aprendí es que la Constitución estadounidense es una herramienta muy cerrada, que para hacerla hablar en favor de les más pobres y les más oprimides hay que realizar complejas dinámicas de interpretación, con suma imaginación y Ginsburg dio esa batalla.

Muchacha judía de Brooklyn, nacida en el período de la entreguerra, RBG decidió desde joven que su formación estaría al servicio de les desprotegides. Se formó profesionalmente en tres universades de elite -Cornell, Harvard y Columbia- y los primeros pasos los dió, en realidad, como docente universitaria en la Universidad de Rutgers, una de las pocas casas de estudio estatales situada en la ciudad de Nueva Jersey.

Ya por los principios de los años 70, se encargó de construir con otras mujeres el espacio de litigio estratégico para los derechos de las mujeres en la organización Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (o en inglés, ACLU), llevando a juicio numerosas cuestiones relativas a derechos sexuales y reproductivos que afectaban a las mujeres por entonces y litigando casos extremadamente difíciles ante la Corte Suprema de la Nación. RBG fue fantástica en saber elegir los casos y cómo litigarlos. En 1971 logró una gran victoria en el caso “Reed v. Reed”, donde la Corte resolvió que las cuestiones de discriminación de género no solamente estaban prohibidas sino que debían exigir que el Estado o los particulares las justifiquen minuciosamente. Lentamente, los feminismos comenzaron, con RBG de la mano, a instalar la cuestión de la discriminación a las mujeres como una cuestión pública, estructural y que no admitía demora.

Con una pluma feroz, se adelantó al famoso fallo “Roe v. Wade”, y ya en 1972 opinaba abiertamente que abortar no debía ser considerado una cuestión privada solamente, sino que se trata siempre de un debate sobre la igualdad a decidir. Uno de los textos que más me gustan de RBG lo encontré en un fallo pequeño que tuvo poca repercusión, “Struck v. Secretary of Defense”, un caso donde se decidía si el Ejército podía interferir en el derecho a una mujer a continuar o no su embarazo. En ese caso, Ginsburg puso de resalto que no solamente se trata de una decisión íntima sino que, además, la normativa que regula el embarazo y el aborto subordinaba a las mujeres, puesto que las obligaba a adoptar normas sociales que prescribían maternidades apropiadas, reafirmando estereotipos clásicos de género que generaban, y generan, desigualdad entre mujeres y varones.

Un año más tarde, una Corte enteramente integrada por varones decidiría legalizar el aborto en “Roe”, pero bajo el paradigma de la privacidad, dejando la decisión de terminar o no un embarazo en forma temprana dentro del fuero íntimo de las personas gestantes, limitándose a prohibir la intervención del Estado.

RBG, además de una astuta litigante, era implacable. Incluso una década después de “Roe” y en un contexto de grandes retrocesos de la Corte en relación a los derechos reproductivos de las disidencias, se animó incluso a criticar fuertemente a aquel fallo histórico. En 1985, en un fallo que ella misma decidió como jueza de la Corte Suprema del distrito de Columbia, Ginsburg todavía insistía que “Roe” había errado al anclarse en el paradigma de la privacidad y no de la igualdad. Explicaba que la protección de “Roe” no alcanza, puesto que las mujeres necesitamos controlar nuestra fertilidad no sólo para determinar el curso de nuestras vidas, sino para poder “participar igual que los hombres en la vida social, política y económica de la nación”. Una verdadera visionaria que siempre se plantó desde la contrahegemonía, tanto como activista pero también como jueza.

Lo que siempre me gustó de RBG fue su originalidad en su argumentación. La solidez de sus argumentos los hacen transpolables a conflictos legales más allá de los Estados Unidos. Ya en 2014, RBG había dicho en el caso “Hobby Lobby” que las instituciones no poseen conciencia, puesto que la misma es una potestad privativa de las personas humanas, criterio que resulta aplicable a lo que sucede hoy en nuestras tierras. Pareciera que Rodriguez Larreta no es un fiel seguidor de Ginsburg, porque en la última reglamentación del protocolo de acceso a ILE en la CABA, el GCBA le reconoce a instituciones de salud privadas la capacidad de negarse a realizar abortos.

Cierto es que hubieron otras mujeres en la Corte, antes y durante el mandato de Ginsburg en el tribunal, pero ninguna se animó tanto a expresar su voz y a reconocerse abiertamente como feminista y progresista, peleando voto a voto los fallos más trascendentales de los últimos 20 años. Aunque casi siempre en disidencia con la mayoría de la Corte, se opuso a la legalización de Guantánamo, votó a favor de la legalización del matrimonio entre personas del mismo género, apoyó a Obamacare, votó en contra de la pena de muerte.

Ginsburg no solo emitía opiniones, sino que con ellas nos enseñó que se puede ejercer la profesión, participar del juego político e institucional y ejercer un cargo importantísimo sin traicionar nuestros ideales. Fue una mujer con coraje, pero sin perder el amor ni la capacidad de reirse de todo lo que nos trae dolor en la vida y demostró que se pueden tejer puentes de diálogo incluso con quienes encontramos en el más opuesto plano ideológico.

Ecuánime pero astuta, supo elegir sus batallas hasta el final. No se guardó ninguna de sus ideas, no retaceó ninguna de sus palabras, nos regaló todas sus ironías y enfrentó con seriedad los embates de los grupos conservadores para recortar los derechos de todas. No sabré mucho sobre su vida personal, su relación con su familia, sus años como estudiante y otros detalles; nunca me interesaron demasiado. Pero me alcanzó leerla y escucharla para reafirmar que es posible entender el derecho en forma disidente, incluso en los escenarios más adversos, y que vale la pena dar la batalla. Extrañaremos su acidez, su perspicacia y su valentía y deberemos conformarnos con seguir esta batalla sin su guía, pero confiadas en que todas sus enseñanzas son ahora también parte de nuestra bandera.

* Abogada y docente de Derecho Constitucional en la Universidad de Buenos Aires

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