Pensar la Unidad Sudamericana hoy | Antonio Sanahuja

El miércoles 2 de Septiembre tuvimos el primer diálogo del ciclo “Pensar la Unidad Sudamericacna hoy”, coordinado por Mariana Vázquez y el auspicio del Centro de Estudios en Ciudadanía, Estado y Asuntos Políticos de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA). A continuación, las intervenciones de Antonio Sanahuja, profesor de la Universidad Complutense de Madrid , director de la Fundación Carolina y asesor del Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad.

PRIMERA INTERVENCIÓN

Buenas tardes, buenas noches aquí desde Madrid, desde España. La verdad es que es un honor, es un privilegio poder participar en este foro en el que además coincido con colegas, amigas y amigos. Gracias a las instituciones organizadoras; gracias Mariana, por la invitación. Voy a tratar de dar pinceladas de lo que son algunas tesis interpretativas respecto al momento que estamos viviendo en el sistema internacional. Pido disculpas de antemano porque van a ser de trazo grueso. Quizás haya tiempo, después, para afinar en algunas de las cuestiones que voy  a plantear.

Mi punto de partida sería una aproximación crítica a la narrativa que parece haberse instalado en los estudios internacionales, incluso en la prensa, en la opinión pública, respecto al actual sistema internacional. Parecería que en muy poco tiempo se ha transitado de una estructura del sistema internacional que se calificó como multipolar, donde había países emergentes, se hablaba de los BRICS, a otra que se estaría configurando como bipolar, de competencia geoestratégica entre China y los EEUU. Esa visión sitúa, como ocurrió en la guerra fría, en una posición de subordinación a otras regiones, como sería el caso de América Latina o, en nuestro caso, de la Unión Europea.

Lo que quiero decir de manera muy rápida es que esta visión no es tanto un análisis de la estructura del sistema internacional, que cambia con plazos mucho más prolongados, sino que refleja más bien una narrativa de poder que está siendo impulsada fundamentalmente por los EEUU, y que tiene que ver tanto con sus objetivos de política exterior, por ejemplo, hacia América Latina, pero también (y esto es muy importante) con la situación electoral de polarización interna en la que se encuentra ese país. En esta situación, la narrativa de enfrentamiento y de confrontación con China, pues tiene una obvia utilidad electoral. Para hacer esta crítica permítanme un par de apuntes de carácter teórico y metodológico.

No quisiera aburrirles con estas cuestiones, pero me gustaría introducir un concepto que viene de la escuela neogramsciana de la teoría crítica en relaciones internacionales, que es el concepto de “estructura histórica”.  Las estructuras históricas se mueven con mucha lentitud. Digamos que pueden durar décadas e incluso extenderse más tiempo. Lo que estamos viviendo más bien es una crisis de una estructura histórica que hemos denominado globalización. Las estructuras históricas tienen elementos materiales, tienen instituciones y tienen ideas. Son un marco de acción para los actores individuales, para los actores sociales; incluso para los Estados. Cuando las instituciones, las ideas y las fuerzas materiales están bien trabadas, encajan bien, son congruentes entre sí, dejan muy poco margen de acción para los actores y su agencia, para que puedan modificar esa estructura, para que puedan desarrollar sus proyectos políticos. Cuando una estructura histórica tiene estas características, la calificamos como una estructura hegemónica. La globalización, que se extiende prácticamente desde la crisis del petróleo en los años 70-80, hasta la crisis financiera de 2008, puede ser vista como una estructura histórica hegemónica, Ha habido elementos materiales: la transnacionalización productiva, los acuerdos de libre comercio,  y también la ideología neoliberal. Hemos tenido instituciones, esos acuerdos, ideas que han estado muy bien trabadas y que han dejado en tanto estructura hegemónica muy poco margen de acción, tanto para actores estatales como para fuerzas sociales.

Esa estructura histórica está en una crisis profunda desde 2008 aproximadamente, en la que todavía nos encontramos. Cuando una estructura histórica está en crisis, cuando deja de ser hegemónica, ofrece muchas más posibilidades para los actores y la agencia, y para que actores en este caso EEUU, pero también países emergentes, puedan incluso jugar a la geopolítica con muchos más márgenes de acción de lo que tendrían anteriormente cuando la hegemonía implicaba mucha menos posibilidad de actuación.

¿Por qué la globalización, en tanto estructura histórica, está en crisis y por qué podemos entender que esa crisis de globalización es una crisis de hegemonía? Permítanme algunos elementos, digamos también a manera de pinceladas, que traten de explicarlo.

En primer lugar, si atendemos a los elementos materiales de esa estructura histórica, la globalización se basó en un proceso de transnacionalización productiva bien conocido: las cadenas globales de suministro.  Se basó también en unas instituciones. La globalización se regionalizó a través de acuerdos de libre comercio de carácter regional y estuvo sustentada sobre el elemento, el cemento ideológico del ideal neoliberal. Estamos observando en los últimos años varios procesos que apuntan a que digamos que, desde el punto de vista de la estructura, eso se está disolviendo. Desde el punto de vista material el cambio tecnológico, la revolución tecnológica, la aparición de nuevos modelos productivos, de nuevos modelos de organización de la producción a escala global, como las plataformas digitales, está tornando obsoleta y menos rentable la vieja organización transnacional de las empresas multinacionales de las cadenas globales de suministro. De hecho, observamos por razones de coste un proceso relativamente claro de acercamiento de las cadenas. En vez de externalizar y deslocalizar la capacidad productiva, se está retornando o acercándose a los viejos centros, a los centros productivos consolidados como EE.UU, la Unión Europea o, en el caso de Asia, a China o Japón. Observamos también un acortamiento de las cadenas de suministro que está animado por estos cambios tecnológico y productivo. Y asistimos a la aparición de las plataformas tecnológicas como una manera mucho más rentable de organizar la producción. Hay menos deslocalización y más relocalización o localización cercana de las cadenas de suministro.

Esto está también sometiendo a fuertes tensiones a los acuerdos de libre comercio tradicionales. De hecho, cuando observamos las cifras de la base de datos de la organización mundial de comercio, que indica cuántos acuerdos de libre comercio se firman, entran en vigor, observamos un claro estancamiento en el proceso de firma de acuerdos de libre comercio, si lo comparamos con el de los años 90. Uno puede tener una impresión distinta porque se ven  acuerdos de cierta relevancia recientemente, como el acuerdo Unión Europea-Mercosur, pero la tendencia general más bien es a un retraimiento.

Y finalmente, en el plano ideológico, aunque de hecho está en muchos aspectos vivo el neoliberalismo, desde luego ya no es la idea fuerza hegemónica que fue hace algunos años.

La globalización no solamente tiene esa dimensión económica. Tiene también la dimensión ambiental, que es importante resaltar y es que, como se ha señalado en documentos como la Agenda 2030 de desarrollo sostenible, el problema del desarrollo hoy no es hacer que los países pobres lleguen (si es que alguna vez podrían llegar) a ser como los ricos, es que el modelo de producción y consumo de los países avanzados es insostenible desde el punto de vista ambiental. Es, de hecho, el principal problema ambiental que hoy tenemos: unas pautas de producción y consumo que no son sostenibles. Esto lo expresa con mucha claridad el cambio climático, pero también otros procesos.

Una de las cosas que hemos aprendido con la COVID 19 es que se trata de una zoonosis. Es decir, se trata de un virus que ha saltado de la vida silvestre a los humanos como consecuencia de la presión ambiental sobre los hábitats naturales y, además es el reflejo de una tendencia cada vez más acelerada e intensa en la que se han ido generando zoonosis que van a continuar en el pasado. Por lo tanto la crisis sanitaria, la COVID, está muy conectada, mucho más de lo que generalmente se acepta, con esa crisis ambiental que refleja que la globalización es inviable en tanto modelo de producción y consumo que se pretende universalizar.

Hay una tercera dimensión de la crisis de la globalización: la dimensión de la crisis social. La globalización sustentada por el neoliberalismo comporta una promesa de inclusión social a través del mercado. Hay que reconocer que, en parte, eso ha sido cierto para amplios grupos sociales desde 1980 hasta bien entrados los 2000. China redujo la pobreza extrema en cerca de 700 millones de personas y esto ha sido producto de la globalización y de la inserción de China en las cadenas globales de suministro. Lla forma en la que América Latina en los años 2000 se insertó en la globalización, produciendo materias primas, es decir, al inicio de esas cadenas globales de suministro, también contribuyó a través del ciclo de las commodities a una mejora de los niveles de renta y a la expansión de las clases medias en la región. Esto es algo que también hemos reconocido.

Ahora bien, lo que también estamos comprobando como resultado de ese proceso de globalización, es un incremento de los niveles de desigualdad a escala global, que es perfectamente compatible con esa expansión de las clases medias en los países emergentes. También un estrechamiento, un proceso de desplazamiento hacia abajo de las clases medias en los países avanzados. A ello se le añade este cambio tecnológico que produce creciente incertidumbre respecto al futuro laboral y un deterioro que observamos también de los derechos sociales, de las conquistas sociales en muchos países. Esto genera tensiones muy fuertes y hay países avanzados donde el sueño meritocrático se está desvaneciendo y donde la idea de ascenso social ha quedado bloqueada y se ha extendido el convencimiento de que la siguiente generación va a vivir peor que la generación precedente.

Esta crisis social es importante para entender el caldo de cultivo que se ha generado para movimientos políticos, fundamentalmente de extrema derecha, como los que han surgido en EEUU o la Unión Europea. Hay muchos factores, pero hay un factor socioeconómico que es importante reconocer, en términos de demandas sociales insatisfechas, en términos de desigualdad creciente, en términos de ascenso social que se detiene, en términos de contrato social en definitiva que se deteriora y que ha sido utilizado con mucho éxito por fuerzas de extrema derecha como las que han ido emergiendo en estos últimos años.

Y esto nos lleva a la cuarta dimensión de la crisis de la globalización, que es la dimensión de la gobernanza, la crisis política que se manifiesta en un doble plano: el plano interno y el plano internacional. En el plano internacional lo hemos visto en primera instancia en 2008, una repetición de aquello que ya señaló Polanyi en su obra en 1944, aquello que señaló Galbraith cuando analizó la crisis del 29: el sueño, la utopía del libre mercado autorregulado que, finalmente, entra en una crisis sistémica como la que representó el 29 o la que representó la crisis del 2008. Un mercado global altamente financiarizado y propenso a crisis financieras de alcance sistémico. En el plano interno, ese caldo de cultivo que se ha ido generando y que la crisis del 2008 agravó, ha creado las condiciones favorables para el ascenso de fuerzas de extrema derecha. Estas fuerzas están alterando profundamente los sistemas de partidos en muchos países, no solo en EEUU. Hablo aquí fundamentalmente desde la perspectiva de los países avanzados. Si examinan lo que ha ido ocurriendo en muchos de nuestros países verán que los sistemas de partidos de hace 10 años están prácticamente pulverizados, y que han aparecido o bien fuerzas de extrema derecha o coaliciones ad hoc que han tratado de frenarlas. Pero es una dinámica que también se está observando en otros países emergentes. El caso de Brasil, por ejemplo, con la emergencia del fenómeno Bolsonaro.

Estas cuatro dimensiones, creo, es importante tenerlas presentes. Indican, son la expresión de que hay una hegemonía que se volatiliza, que desaparece, que se diluye. Se trata de la aparición de un interregno, por decirlo en términos gramscianos, donde hay muchas más posibilidades para la agencia, para que aparezcan estos nuevos actores políticos emergentes en términos de agencia.

Permítanme una breve caracterización de lo que a mi juicio sería la cartografía política contemporánea. Estamos encontrando que, además del tradicional clivaje o divisoria entre izquierda y derecha, seguimos teniendo diferencias profundas entre individuo y comunidad, justicia y libertad, etcétera. Se ha ido afirmando además un nuevo clivaje, que es el clivaje entre abierto y cerrado, entre nacionalismo y cosmopolitismo, entre favorables o en contra a la globalización.

Les invito a hacer un pequeño ejercicio. Hagan un cuadro de doble entrada, situando en un eje la izquierda y la derecha y en el otro eje la apertura, la actitud favorable o contraria a la globalización. Creo que podemos definir de una manera bastante aproximada lo que sería la cartografía de los actores políticos que en este momento están operando. Tendríamos, por una parte, unas derechas globalistas, aquellas que vemos reunidas en Davos, favorables a la globalización. Son partidarias del statu quo y altamente transnacionalizadas. Tenemos también unas derechas contrarias a la globalización, aquellas que emergen como neo patriotas, como alguna bibliografía las ha denominado. Son contrarias en algunos casos incluso al libre comercio o abogan por un comercio administrado, como es el caso de la administración Trump, incluso en ocasiones aproximándose a políticas de bienestar propias de la. El debate sobre los rojipardos que tenemos en Europa alude a este tipo de derechas patriotas.

Tenemos izquierdas cosmopolitas y abiertas que plantearon en su momento, digamos, no tanto el rechazo a la globalización sino la necesidad de regular con derechos sociales y ambientales la globalización. Estarían representadas, digamos, en el Foro Social de Porto Alegre que sería, en gran medida, la contracara del Foro de Davos.

Y tendríamos, finalmente, unas fuerzas de izquierda contrarias a la globalización, partidarias de la desconexión y de modelos más auto centrados de desarrollo. No son coetáneas en todos los momentos; han tenido sus momentos de auge y declive. El Foro Social de Porto Alegre, por ejemplo, en este momento es una fuerza en retroceso. En este momento los actores más dinámicos son estas nuevas extremas derechas, neopatriotas. Su surgimiento es consecuencia de factores de largo plazo, pero se convierten en términos de agencia en un factor añadido más de la crisis de la globalización porque la impugnan. Impugnan el multilateralismo, impugnan las organizaciones internacionales, impugnan el libre comercio, impugnan los esquemas de integración regional.

Hoy, por ejemplo, la fuerza más crítica frente a una integración europea que se calificó como neoliberal, favorable al libre comercio, a la libre circulación de capitales, no la encontramos en fuerzas progresistas o de izquierdas, sino que la encontramos en los euroescépticos articulados en posiciones próximas, sino directamente y asumiendo planteamientos, fascistas, xenófobos, nativistas, como los que tenemos por ejemplo en el caso europeo o los que expresarían el fenómeno de los brexiters en el caso del Reino Unido.

Para ir terminando ya con esta caracterización, un par de pinceladas respecto a lo que representa la COVID 19.  En este marco la COVID19 se podría entender como una crisis dentro de una crisis. Es una crisis producida por un acontecimiento discreto: la aparición del patógeno, la aparición del virus del coronavirus que se extiende rápidamente pese a los cierres de fronteras, justamente porque el mundo está muy globalizado, muy transnacionalizado, porque en apenas 36 horas el virus puede viajar de Buján a cualquier lugar del mundo en un vuelo comercial. Y la crisis de la COVID 19 ilustra cuán expuestos estábamos a los riesgos de la globalización, cuán débil era la gobernanza, hasta qué punto la globalización estaba, digamos, al albur de las fuerzas del mercado sin una gobernanza adecuada, con unos Estados nación inermes ante un riesgo transnacional.

También la COVID 19 está ilustrando que ese riesgo está muy desigualmente distribuido: entre países con más capacidad de mitigar y enfrentar la pandemia y países que, sin embargo, están desde el punto de vista sanitario, pero también desde punto de vista macroeconómico, extraordinariamente expuestos.

Hay países que tienen capacidad de generar recursos, sea vía el Banco Central Europeo o la FED, otros dependen de que el FMI pueda o no crear derechos especiales de giro y no tienen capacidad de financiar sus políticas anticíclicas, como sí tienen otros. Pero también el riesgo está muy desigualmente distribuido en función de estratos sociales, en función del género, en función de si se vive en una comunidad rural indígena o se vive en un núcleo urbano bien dotado de servicios. La Covid 19 está exponiendo y agravando las desigualdades profundas que se habían generado en la globalización. La Covid está ilustrando que esas desigualdades, en una situación crítica, ya no son una cuestión tolerable: es una cuestión crítica, una cuestión vital existencial, de vida o muerte, en la que en definitiva la subsistencia depende de la capacidad de tener asistencia sanitaria o no. En este sentido, la crisis de la Covid es una crisis de desarrollo. Y en la medida en que se politiza, se convierte en un objeto del enfrentamiento partidario. El caso por ejemplo de la gestión de Trump o de Bolsonaro ilustra también los problemas de gobernanza que la covid exacerba, pero que venían de antes

Terminaré aquí con esta caracterización muy a vuelapluma, muy de trazo grueso, mencionando que en algunos trabajos escritos que se van a distribuir se desarrollan con más detalle estas tesis y estos argumentos. Y es en ese contexto en el que tenemos que entender esa crisis también del regionalismo latinoamericano y europeo, que ha sido objeto de contestación por parte de estas nuevas fuerzas ultranacionalistas de extrema derecha. Lo han sido con las diferencias lógicas de los acentos sudamericanos, latinoamericanos o europeos, pero tienen muchos elementos en común cuando cuestionan la integración europea o, en el caso latinoamericano, cuando han cuestionado la Celac o la Unasur, cuando cuestionan el Mercosur, desde esas posiciones, insisto, reaccionarias, profundamente nacionalistas y vinculadas a posiciones de extrema derecha. Muchas gracias.

SEGUNDA INTERVENCIÓN

Bueno, en primer lugar muchas gracias de nuevo. Pido disculpas porque, en este formato de webinar, el desarrollo de los argumentos está limitado en espacio y tiempo. El trazo es muy grueso. Agrego una cuestión que creo que es importante. Hablamos de hegemonía. Pero ¿dónde radica la hegemonía? ¿Radica en las estructuras? ¿Las estructuras históricas son hegemónicas o los actores son hegemónicos? O, dicho de otra manera ¿los actores son hegemónicos porque hay unas estructuras que hacen que esos actores sean hegemónicos? Esta discusión actor/agencia/estructura es una discusión muy complicada, pero yo les invitaría a que no miren solamente actores y agencia y que presten atención a las estructuras. Porque hay veces que dónde radica el poder no es en un actor, sino en una estructura social, entendiendo al sistema internacional con una estructura social, que no nos deja movernos.

La guerra fría, digamos, fue una estructura hegemónica, una estructura hegemónica ser bipolar Pero, incluso las dos superpotencias tenían un margen de acción reducidísimo. Si en un momento dado EE.UU tenía la bomba atómica, para la Unión Soviética no había otra opción que tener la bomba atómica. Si se desplegaban misiles de alcance intermedio, la otra potencia no tenía otro remedio, y si una intervenía en una zona periférica, la otra tenía que acudir por la lógica de los equilibrios de poder. Eso no es precisamente, para un actor supuestamente hegemónico, tener la libertad de acción que se le supone a un actor hegemónico. Y eso para los actores centrales. Piensen en la periferia. Si un país en América Latina intentaba tener un proceso nacional popular de liberación, tenía un golpe de Estado inmediatamente después, y en el bloque soviético existía una doctrina de la soberanía limitada, en donde si un país pretendía tener el socialismo con rostro humano, teníamos carros de combate soviéticos 72 horas más tarde rodando por las calles. En una estructura hegemónica no se mueve nadie y no hay espacio para juegos geopolíticos, para grandes estrategias, para jugar a la geopolítica, ni para los grandes ni para los chicos.

La globalización ha sido también una estructura hegemónica, y en ese período no había espacio para jugar a la geopolítica ni para hacer demasiados experimentos fuera de la ortodoxia neoliberal. Es más, China y otros países emergentes emergen y se convierten en grandes potencias hegemónicas, porque juegan a las reglas de la globalización y de la transnacionalización productiva. No se equivoquen; eso no es tan contrahegemónico como parece. Este desarrollo se da dentro de la estructura hegemónica, que implica fuerzas materiales, deslocalización productiva, instituciones, marco de la OMC, acuerdos de comercio y, finalmente, las ideas del neoliberalismo que es asumido, aunque pueda ser en variantes, digamos, adaptadas, pero que es asumido a su conveniencia también por países como China o la India, que juegan estas reglas.

Esto es lo que hoy está cambiando y, cuando una estructura hegemónica deja de serlo, empieza a abrir oportunidades para los actores y su agencia. Es en una estructura hegemónica en crisis en donde se puede jugar a la geopolítica, pero eso no significa que los actores sean más fuertes ¿Pueden ustedes afirmar con toda seguridad que EEUU hoy tiene, en términos de sus capacidades materiales, de su cohesión social, de su capacidad de agencia, más fuerza que la que tenía, pongamos, en 2005 o en 1995? ¿Una sociedad que tiene 50 mil muertos al año por opiáceos, o que permanece impasible ante la crisis de la COVID, o que tiene milicias armadas y una crisis social profundísima, con 60 millones de solicitudes de ayuda por el desempleo, como está teniendo ahora? ¿Ésa es una potencia hegemónica? Y China, que nadie duda que ha tenido un proceso de ascenso económico y militar extraordinariamente intenso en los últimos años. Pero ¿pueden ustedes asegurar que la estabilidad política de China, su sistema político, está garantizado en su actual forma, en los próximos años, si no cumple con las reglas del pacto social y político no escrito en China? Ese pacto implica que los ciudadanos chinos no exigen democracia mientras haya orden, seguridad y PROSPERIDAD. Si esto no se proporciona, ¿estará garantizada la estabilidad social?

Vuelvo a sugerirles que piensen la hegemonía en términos de estructuras históricas. Yo creo que hay que pensar el sistema internacional en esos términos, y esto no excluye pensarlo en términos de actores y agencia. Justamente lo que ha planteado la profesora Bissio, de una manera extraordinariamente lúcida, creo que se complementa muy bien con esta mirada. Hoy vemos rutas de las seda, vemos intentos de re hegemonizar América Latina, vemos todos estos movimientos geopolíticos, hasta Turquía en el Mediterráneo Oriental juega, hasta Qatar juega a la geopolítica, Arabia Saudita en una guerra en Yemen, juega a la geopolítica.  Esto ocurre precisamente porque la estructura hegemónica se está debilitando y está abriendo esos espacios en el plano internacional.

¿Qué ocurre al interior de los Estados? Las fuerzas sociales, los sistemas de partidos políticos en los que descansó la estabilidad de los Estados, de la que dependía a su vez la estabilidad del sistema internacional, hoy se están descomponiendo.

Los sistemas de partidos en la mayor parte de los Estados están irreconocibles y extraordinariamente fluidos. En ese marco surgen todas estas nuevas fuerzas de extrema derecha. Son expresión también de un juego político que en otro periodo hubiera sido inimaginable, en un período hegemónico. Me permito parafrasear, citar, esta cita apócrifa y simplificada de Gramsci.  Las crisis son esos momentos en los que lo viejo no ha terminado de morir, lo nuevo no ha terminado de aparecer. Y en ese interregno emergen los monstruos. Y nuestros monstruos son los Bolsonaro, los Trump, son los Orben, son este tipo de fuerzas, éstos son nuestros monstruos en este interregno.

Y es en ese contexto en el que yo les pido una cierta cautela frente a la narrativa de la guerra fría. Primero, porque en términos puramente comparativos, vamos, yo soy ya con el profesor Simonoff un poquito más viejo, probablemente, que muchos de los que están aquí escuchándonos. Yo viví en la guerra fría en Europa, en Centroamérica en los años 80. No estábamos hablando de Tik Tok ni de Huawei; estábamos hablando de misiles nucleares de alcance intermedio. Por favor, no hagamos comparaciones forzadas. Estamos hablando de cosas que eran, desde el punto de vista de la seguridad, existenciales. Nadie duda que la disputa por el 5G sea importante o que la disputa por el acero o los aranceles sin duda son importantes, pero estábamos hablando de una confrontación con armas nucleares y de una doctrina de la guerra nuclear localizada, que en Europa nos llevó a muchos de mi generación a tener que salir en movimientos antimilitaristas contra la guerra, porque sabíamos que había misiles que tenían el nombre de nuestra ciudad en su sistema de guiado. Y en Centroamérica, desde luego, la guerra fría no fue precisamente fría. Fue muy caliente.

Hay rivalidad estratégica. Nadie lo duda. Pero no es comparable. Y, de nuevo, vuelvo a señalar que la guerra fría hoy es una narrativa que sirve a propósitos de poder, de un determinado actor que es Trump, y que es una confrontación de elección. No es la consecuencia necesaria de una estructura del sistema internacional que es bipolar y que, por lo tanto, tiene que llevar a una situación de confrontación que llamamos nueva guerra fría. No, es una elección y además, es una operación eminentemente discursiva de la administración Trump. Esta operación tiene unos propósitos políticos, dentro de su país en términos electorales y de cara a América Latina y a Europa en términos de re subordinación estratégica que, por cierto, en Europa nos creemos bastante poco , como no nos creímos la guerra global contra el terrorismo, otra narrativa discursiva. No son descripciones supuestamente objetivas del real sistema internacional, sino que son dispositivos narrativos que tienen unos propósitos de poder.

Una última reflexión. Creo que aquí hay un tono general, por lo que he visto en los comentarios y por las espléndidas intervenciones de nuestros colegas, un tono general progresista. Si esto es así ¿cómo es que vemos el sistema internacional como los realistas, en términos de competencia geopolítica? Entonces ¿los factores socioeconómicos, de clase, no cuentan en el análisis? Por favor. Justamente, si tenemos este planteamiento, tenemos que hacer un análisis más estructural del sistema, como nos han enseñado nuestros maestros. Y quizás empecemos a entender que ciertas manifestaciones de esos procesos estructurales son una consecuencia y no la causa de las dinámicas internacionales. Es una llamada que yo querría hacer, a que no caigamos en un análisis exclusivamente de actores y agencia, olvidando las estructuras.

Un comentario muy breve. La reflexión del profesor Símonoff sobre la autonomía, que está muy arraigada en el pensamiento latinoamericano y, en particular, en la aportación del profesor Puig, inevitablemente me ha llevado, salvando las distancias, a la reflexión que tenemos en la Unión Europea, desde el momento en que percibimos una retirada de EEUU de los asuntos de seguridad en Europa. En este sentido, cobra relevancia el concepto de autonomía estratégica que aparece reflejado claramente en la estrategia global y de seguridad del documento Mogherini, adoptado en 2016, y que incluso la COVID además nos ha llevado pues a revalorizar. Sabemos que tenemos un entorno muy complicado desde el punto de vista estratégico. En este momento el país que más dudas tiene hacia la OTAN es EEUU; no son los países europeos supuestamente subordinados. Es una cuestión que yo también querría señalar. La discusión sobre Europa y la OTAN, y Estados Unidos y la OTAN, viene de muy atrás. Ya en septiembre del 2001 vimos cómo EEUU, pudiendo haber activado la OTAN, no lo hizo, y cuando llegó el momento de recurrir a sus aliados europeos utilizamos el veto para resistirnos a ser arrastrados por la Alianza Atlántica, por ejemplo, al conflicto en Afganistán y a otros escenarios de la guerra global contra el terror.

Bueno, la segunda reflexión, para Ernesto [Nota: se responde a una consulta de un participante]. Vamos a ver, me acusas de cosas que yo no he dicho en absoluto. Yo no he hablado en ningún momento de los nacionalismos populares latinoamericanos. Yo me he referido, y vuelvo a insistir, a una matriz de nacionalismo de ultraderecha reaccionario que emerge en estos últimos años. Es cierto que hay fuerzas de ultraderecha que se emparentan con ellos, los frentes nacionales, por ejemplo, de Francia y de otros países, que son ciertas fuerzas de ultraderecha en Centro Europa. Pero me estoy refiriendo a algunas fuerzas de ultraderecha que, de cara al exterior, plantean una suerte de internacionalismo reaccionario, que tiene unas matrices muy similares. Ahí podemos encajar, creo, por supuesto con diferencias de matices, a los actores que he mencionado. Y en América Latina el fenómeno Bolsonaro creo que convendrás conmigo que no es precisamente una expresión de nacionalismo popular.

Una última cuestión. Yo tengo ya desde hace años una especie de tarjeta de bingo para los seminarios en la que, digamos, voy rellenando las cosas que tarde o temprano aparecen y una de ellas es la acusación de eurocéntrico.  Siempre digo, a ver si sale en los primeros cinco minutos o en los diez primeros minutos. En este caso salió un poquito después, pero evidentemente me ha salido. Les voy a hacer un comentario provocador: no hay concepto más eurocéntrico que el concepto de Estado Nación, sobre el que se construyen las independencias latinoamericanas. Y muchas de las ideas sobre la nación y el pueblo latinoamericanos son profundamente europeas y se construyen contra lo indígena y contra lo afro descendiente. Entonces, esto es mucho más complicado de lo que parece. América Latina es la primera oleada de la descolonización, de las independencias, y lo hace con la matriz heredada de Europa, porque son las élites criollas que se cultivan dentro de ese marco las que idean la construcción de los Estados-nación contra determinados grupos sociales en sus propios territorios.

Yo creo que la relación con Europa es mucho más compleja de lo que a veces se plantea. Admito que se me pueda acusar de esto, pero les sugiero también que hagan un autoexamen reflexivo sobre sus propios conceptos políticos, porque van a descubrir unas cuantas cosas desagradables. Tenemos que llegar a unos términos un poco más adecuados con nuestras propias herencias, y no estamos aquí para valorarlas, sino para entenderlas e interpretarlas, no para enjuiciarlas en términos morales. Esto respecto al nacionalismo y al eurocentrismo.

La otra cuestión. Yo en modo alguno he dicho que los TLCs y el multilateralismo sean progresistas. Es más, me he referido al mundo de Davos de una manera bastante crítica. La globalización ha tenido una expresión del multilateralismo muy determinada. Al igual que la guerra fría dejó la posguerra y la guerra fría dejó una capa de multilateralismo con unas características, la globalización ha dejado otras. Los acuerdos de libre comercio que, digamos, se expanden enormemente en los años 90, con un determinado formato compatible con la OMC, son el vehículo institucional por el que la globalización regionalizada se lleva a cabo. Pero en modo alguno he dicho que eso sea progresista, ni nada por el estilo.

Ahora, pensar que cualquier multilateralismo es favorable a la globalización o a la hiperglobalización da cuenta de un falso dilema. Multilateralismo digamos globalizador o naciones autónomas que construyen su independencia y su soberanía. Mire usted. Construya su soberanía e independencia frente a la COVID a partir de su Estado Nación y no lo va a conseguir. Porque hay problemas que son transnacionales y yo no digo que no tengamos que recuperar capacidad de agencia, soberanía si quieren llamarlo así, en cada Estado nación. Pero si no la utilizamos para la acción colectiva no vamos a poder resolver muchos problemas. Tendremos que buscar matrices que no sean hegemónicas. Tendremos que buscar matrices que sean lo más igualitarias y simétricas. Pero hay problemas que tenemos que enfrentar colectivamente porque trascienden a nuestros Estado Naciones ¿Son un resultado de la globalización y de la hiperglobalización? Sí, probablemente. Analicemos e interpretémoslo críticamente, pero no podemos rebobinar hacia atrás y cambiar el curso de la historia. La historia ya fue. Lo que tenemos  que hacer es pensar críticamente el presente para enfrentarnos al futuro, y necesitamos multilateralismo para enfrentarnos al futuro, lo necesitamos como ciudadanos que aspiramos a que se satisfagan una serie de demandas de justicia, de equidad, de bienestar, de conservación del medio ambiente. Tendremos que actuar en nuestros Estados pero también tenemos que actuar con otros. La cooperación internacional es un imperativo.

Lo que tendremos que discutir y negociar y confrontar políticamente es si esta cooperación distributiva y multilateralismo van a ser hegemónicos, jerárquicos, van a ser cooperativos. van a ser democráticos. Por lo tanto aceptemos que el multilateralismo no es bueno o malo, por sí es una arena política del conflicto social económico y político en el que tenemos que encontrarnos, aliarnos y confrontar con aquellos que no comparten

Sobre la cuestión monetaria que también me han preguntado. Hasta la prensa económica, los análisis económicos ortodoxos reconocen que tenemos un serio problema cuando un país que tiene el 20 por ciento del PIB representa el 65% de las reservas mundiales de divisas y representa probablemente una proporción aún mayor de las emisiones de bonos y los instrumentos financieros. Ahora bien, el problema es que no hay alternativa. El euro no lo es todavía ni lo pretende ser. Además el euro es una  moneda Frankenstein, como algunos las han llamado, que no va a gozar del estatus de moneda de reserva mientras no tenga por detrás una construcción institucional más completa y acabada, que no la tiene. El renminbi o yuan tiene un pequeño problema para serr una moneda de reserva internacional y disputarle el espacio al dólar, y es que no es convertible. Claro que China irá haciendo su plan Marshall poco a poco, como lo hizo Estados Unidos para sustituir a la libra,  por ejemplo incentivando el uso del yuan en las reservas de divisas en Argentina. Esto es algo que se conoce bien con las operaciones de swap, que han ayudado además a ganar autonomía frente al Fondo Monetario Internacional. Estoy en crisis, en vez de ir al FMI, China me auxilia con una operación que refuerza mis reservas de divisas. Pero todavía no es convertible y esto es un problema muy serio, está muy ligado a las exportaciones, a los intercambios con China

Finalmente, qué duda cabe que el papel de los derechos especiales de giro puede ser aún mayor. De hecho, ahora frente a esta crisis podemos puede haber finalmente un acuerdo para la emisión de entre 2 y 3 billones de dólares en derechos especiales de giro en el FMI para reforzar las reservas de divisas y esto es algo que los países en desarrollo han pedido además de una manera expresa. El DEG, el derecho especial de giro compite con el dólar, pero no va a ser probablemente una alternativa. Aquí tenemos por delante un periodo largo de desorden monetario, de papel desproporcionado del dólar todavía con sus secuelas de inestabilidad y de incertidumbre.

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